De músicos y otros gaiteros. El gaitero de Bestué. Segunda parte.

En  el valle de Puértolas, es donde más tardó en desaparecer la gaita de fuelle y donde mayor número de referencias han llegado hasta nosotros de este instrumento. Los gaiteros son bien recordados por las personas mayores que un día fueron sus vecinos.
Entre ellos estuvo Juan Puértolas Castillo (1856-1929) de casa Morillo de Santa Justa la cual heredó y mantuvo, como ganadero, toda su vida. Persona de carácter afable, aprendió a tocar la gaita en su pueblo natal, junto a un tío suyo de nombre Francisco, al que superó con creces. Para su formación musical fueron decisivos los años que pasó cumpliendo el servicio militar en Calatayud y Soria, donde aprendió solfeo y tocó dentro de la banda. De esta época obtuvo también el gaitero contactos y amistades que mantuvo posteriormente, llevándole a realizar frecuentes viajes de corta duración. De uno de ellos trajo una nueva gaita que sumó a una más antigua y otro clarín más largo que ya poseía. Esta tenía un boto muy grande, que sostenía ayudado de una correa, el tubo melódico o clarinete recubierto con piel de culebra, y tenoreta y tenor con refuerzos de estaño o latón, llevando este último indistintamente por encima o debajo del hombro.
De la música que acompañó, tuvo la costumbre de cantar a la vez que tocaba la gaita, gracias a su gran boto, incluso en ceremonias dentro de la iglesia, como la Navidad, o los Gozos en las fiestas, entre los que hemos recogido sugerentes melodías de los de San Superio (Exuperio de Toulouse) y la Virgen de la Plana, así como una popular sobremesa conocida como Os Provechos de la que recogimos la versión de Bestué. La lista de pueblos a los que acudía regularmente a tocar es larga, pero gustaba de ir mucho a las de Bielsa, donde pasaba toda una semana para Carnaval y la Virgen de Agosto, y recuerdan especialmente las curiosas fiestas de Tella, donde se organizaba una ronda que les ocupaba toda la noche, recorriendo con el gaitero las localidades vecinas de Lamiana, Cortalaviña y Lafortunada.
De menor afición y edad hubo otro gaitero llamado Julio Garcés, de casa Manuel de Escuaín, que murió con setenta años hacia 1940. Este era pastor y hermano soltero y sus familiares se trasladaron posteriormente a Huesca. La casa se quemó accidentalmente tras su abandono.
En el propio Puértolas hay noticias de otros tres gaiteros, pero éstas son confusas a causa de sus circunstancias personales, entre las que medió la Guerra Civil. Uno de ellos fue Antón, albañil de profesión y arrendatario de la finca de la ermita de la Fuensanta en Laspuña, casado con una mujer de casa Sanmiguel de Puértolas. Algunos creen que era originario de Tierra Baja y ganó algún dinero trabajando en Francia. Quiso aprender a tocar la gaita y le encargó una al gaitero de Bestué, que apañó otras más antiguas, (quizá de Santa Justa o -más probablemente- la de Guaso). La mayoría cree que murió en la guerra, cuando contaba cuarenta años de edad, otros opinan que escapó a Francia. Otro gaitero mal conocido fue uno de nombre Manuel, que muchos creen de casa Sasé de Puértolas, o del caserío de Santa María, de donde procedía el marido de la heredera de Sasé tres generaciones atrás. Sin embargo, los descendientes de esta casa afirman que tenían con este gaitero una relación estrecha, casi de parientes pero no lo eran, y opinan que también era arrendatario de la Fuensanta de Laspuña. Este gaitero solía tocar acompañado de un músico de acordeón diatónico, Marcos Dueso, de Puértolas y desapareció también en 1938 con cincuenta años de edad. Finalmente existen comentarios de un enigmático Pericón d’a Reina de carácter despreocupado, que trabajaba continuamente en Francia, y cuando venía a este lado iba de fiesta en fiesta, sin que nadie haya podido atribuirle origen o domicilio concreto, pero que algunos asocian al citado Antón d’a Fuensanta .

El último gaitero del valle de Puértolas, y quizá el mejor que hubo en el país, fue Juan Cazcarra Sesé, de casa Orosieta de Bestué, donde nació en 1880, más conocido como Tío’Juan o Juan Morillo, nombre de la casa donde casó, y murió, el 13 de Diciembre de 1963.
Opinan en Bestué que Juan Cazcarra aprendió a tocar la gaita con otro gaitero anterior de su casa Sasé del mismo pueblo, junto a su hermano Joaquín, con quien formó dúo hasta la muerte de éste, hacia 1932. Del antiguo gaitero de Sasé no se sabe mucho, pues no quedan familiares directos y su casa cambió de manos (hoy casa Gistau). Aprendió a tocar la gaita trabajando como pastor en el monasterio del Pueyo de Barbastro, lo cual nos resulta extraño según los datos expuestos antes, pero sí es posible que tuviera allí la oportunidad de perfeccionar su aprendizaje y conocer los rudimentos musicales. También creen sus vecinos que Juan Cazcarra sabía construir las gaitas, pues le recuerdan curtiendo botos y poniendo piel de culebra, todos afirman que era muy diestro tallando objetos pastoriles con madera de boj y su hijo Joaquín recuerda verle cortar tiras de viejos calderos de cobre para la fabricación de inchas de los clarinetes, (clarín y tenoreta). Pero aunque parece claro que Tío Juan arregló viejas gaitas, como en el caso de Antón d’a Fuensanta, no es probable que llegara a emplear un torno, necesario para la construcción de las magníficas piezas de gaita que han llegado a nosotros.
Tío Juan tocó en muchos pueblos de los valles de Puértolas, Vió, Bielsa y el Cinca, frecuentemente en Laspuña, Labuerda y Aínsa, al ir desapareciendo los antiguos gaiteros y siendo requerido para danzas y actos ceremoniales. Gustó mucho de acompañar cantos, también litúrgicos, y, al igual que Juan Puértolas de Santa Justa, era capaz de cantar mientras tocaba, lo que llamaba poderosamente la atención de sus oyentes. Fue acompañado en ocasiones por otros gáiteros (Bestué, Escuaín y Puértolas) con gaita, o clarín solo, y a veces con violín, sin aceptar serlo con acordeón diatónico (con el que desafinarían) u otros instrumentos.
Existen reoogidas varias piezas de su repertorio en Bestué y Puértolas, donde recordaban especialmente una ronda conocida como Baile d’as Chiretas, un Cascabillo -en el que los danzantes pasaban una pierna sobre una tinaja de vino- y una polka cuya composición atribuían al propio Tío Juan, así como la frase musical que éste empleaba como entrada.
Es muy recordado aún en todos estos pueblos y fue protagonista de numerosas anécdotas, por lo que no es raro encontrar referencias en cualquier descripción de las antiguas fiestas:
La víspera de la Fiesta Mayor llegaba el gaitero de Bestué, Juan Cazcarra. Se le conocía como el tío Juan y junto con su hermano Joaquín recorrían numerosos pueblos participando en las rondas, bailes y misas, especialmente en el canto de los gozos.

Pero quizá sea en Bielsa donde más cercano se halla su recuerdo, pues acudía frecuentemente para los ensayos y actuaciones del grupo femenino de danzas. Con este grupo viajó a Madrid en 1947, llegando a ganar el segundo premio del concurso estatal. Le ganaron los gallegos.Tan sólo uno de sus hijos, Joaquín, se sintió inclinado a aprender a tocar la gaita, y llegó a iniciarse en la digitación (abierta). Las circunstancias truncaron esta afición y durante la guerra -con dieciséis años y un fusil al hombro- pasó a Francia, donde sigue viviendo actualmente.

Los gaiteros fueron protagonistas habituales de muy variadas anécdotas. Una de ellas es la siguiente: Tío Juan acudió a tocar a las fiestas de un pueblo no muy lejano. Tras la velada del último día y dada la corta distancia que tenía que recorrer, decidió aprovechar el resto de la noche para llegar hasta Bestué. No se encontraba ya muy lejos del pueblo, cuando se dio cuenta de que por las laderas cercanas al camino se acercaba un grupo de lobos. Tío Juan echó a correr hasta una borda cercana al camino, y subió al primer piso, mientras los lobos lo rodeaban intentando saltar hasta él. Se quedó allí sentado durante un buen rato, sin que los lobos abandonaran su empeño, mientras él los observaba desde la ventana. En estas estaba cuando, para espantar el miedo, decidió ponerse a tocar la gaita; automáticamente, los lobos dejaron de saltar, se sentaron tranquilamente y se quedaron escuchando al Tío Juan, hasta la salida del sol, en que por fin se fueron.