Participé pero no pudo ser

Este año participé en el concurso de los ibones que se hacía por primera vez desde la comarca en el apartado general. Ayer me comunicaron que había vencido un amigo, Enrique Fernández, de Guaso. Desde aquí quiero darle la enhorabuena, no sólo por el premio, también porque es un relato que me ha gustado mucho.
También me comentaban que se habían presentado diez obras en este apartado.
Os dejo el relato del ganador que está en el web del geoparque y debajo el mío, por si alguien lo quiere leer.

Enrique Fernández Martínez. Guaso (Ainsa-Sobrarbe).
Ip
Siempre he pensado que estamos hechos de recuerdos. No solo del pasado. Hoy, la importancia que mi alma da a un paisaje es la suma de todos ellos. Pero siempre hay alguno que te produce cosquillas en las sienes.
Yo era pequeño, cuando cada mañana sin nubes ni boiras en mi valle, miraba la gran peña de encima de casa. Sin saber por qué, solo quería estar allá arriba. Quería acariciar las piedras blanquecinas de su cumbre que semejaban una corona de plata en las noches de luna de invierno. Mi mai decía que aún no. Los güelos del lugar que: “a qué fin” … pero yo quería ir.
Y una mañana de verano caminé monte arriba, por terreno aún conocido de mis juegos en los bosques. Pero los árboles se acabaron y encontré un mundo de piedra y tasca, nuevo para mí. Tocando las rocas claras y las royas, intentaba diferenciar su textura.
No recuerdo si me cansaba, si bebí en algún arroyo o si pasé de largo sin saber lo que era la sed.
Cuando llegué a la corona blanca, remeré la visión que tuvo maí cuando subió.
Y mientras trepaba la canal, solo quería aquel recuerdo que mi mai llevaba grabado desde cría. Llegué al borde, a la izquierda de la cumbre… y allí estaba su visión y, desde entonces, la mía. El ibón de Ip, allá abajo encerrado en un círculo de montañas escarpadas, me miraba como el ojo de un dragón azul, diciéndome: “Ya me has visto, nunca nada será igual”.
Y ya nunca lo fue.
Cuando paseo por mi amado Pirineo y me acerco a un ibón, lo acaricio, le miro a los ojos y me acuerdo de mai.

Sobrarbenses. Aínsa.
El “guardafuentes”
Sabían de la leyenda de la Basa de la Mora y tal vez por ello decidieron ir a un ibón, aunque no fuese el de Plan.
Desconocían de los anfibios que los pastores de estos lugares llaman guardafuentes. Querían tener un ibón en sus hazañas, sólo para añadir una proeza que seguramente no merecían en sus estúpidos currículums.
Y así fue como en el Ibón de Bernatuara, aquella noche de San Juan, apareció de entre las frías y limpias aguas la figura de un enorme tritón. Esta vez no bailaba ni señalaba a un corazón limpio y puro. Este ser gigante, místico e intrigante empezó a dirigirse al gentío que había decidido subir a casi 2.300 metros para no sé qué. Porque poner música a tope, hacer fuego, beber y dejar las latas, vidrio y basura al lado del ibón, no es lo que unos verdaderos montañeros hacen.
“No merecéis disfrutar de estos parajes, rompiendo la paz de estos valles y ensuciando el hábitat ¡Marchad y no volváis nunca hasta que sepáis dejar un lugar como lo habéis encontrado!”, espetó esta especie endémica de los Pirineos.
Y desde aquel día, todos saben que, si alguien incívico actúa en un Ibón en la noche de San Juan, o tal vez en cualquier otra, un tritón puede aparecer para llamar a cada uno por su nombre.
Los tritones pirenaicos habitan aguas limpias, no muy profundas y sin mucha corriente. Se pueden adaptar a ibones, balsas y arroyos, incluso en abrevaderos de ganado. Pero ya hay pocos y se encuentran amenazados por la pérdida de hábitat y los pesticidas.

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